De la seguridad democrática a la seguridad ciudadana
Por Juan Carlos Grillo Posada

Ya parece lejano el día cuando la gente estaba confinada en las ciudades o vivían aterrorizadas y subyugadas en los campos por cuenta de la violencia guerrillera y paramilitar. El buen suceso de la política de seguridad democrática, ha puesto en jaque a los grupos criminales que atentan contra la estabilidad del Estado y pone en evidencia el otro flagelo, no menos grave: las bandas criminales y las famosas “oficinas” dedicadas al narcotráfico, al sicariato y al ajuste de cuentas. El Área Metropolitana, Pereira y otras ciudades y pueblos de Risaralda no han sido ajenos a este problema. No pasa un día sin que conozcamos de algún hecho relacionado con esta otra manifestación de violencia, que a veces nos sume en la indignación, la impotencia y la tristeza.
Hechos como la muerte por sicarios del hijo de un tristemente célebre narcotraficante del norte del Valle en las inmediaciones del sector de Canaán; el incidente de semanas atrás en la vereda el Guayabo o el aumento de la criminalidad en la otrora pacífica y segura Santa Rosa de Cabal, confirman lo que se comenta en los bares, corrillos y tertuliaderos: por su ubicación estratégica, esta región ha dejado de ser zona de descanso para convertirse en centro de operaciones y, por lo tanto, de disputa territorial entre bandas criminales de toda laya con sus respectivas “oficinas de cobro”
El crimen organizado con su estela de inseguridad alimentado por un desempleo y una pobreza a ultranza, atenta, intimida y anodiniza a los ciudadanos; contribuye a enturbiar el clima de los negocios que, a pesar de todo, se siguen realizando con denuedo y esperanza por parte de unos empresarios que le siguen apostando a nuestra querida ciudad, y aleja la inversión productiva que tanto necesitamos y que impactaría positivamente el bajo índice de desarrollo humano que hoy día tiene Pereira y la región del Eje Cafetero.
Aunque la estadía en Pereira por algunos días del General Naranjo liderando personalmente los organismos de seguridad del Estado, mejoraron los índices de criminalidad, estamos lejos de ganar esta batalla. La sociedad civil se debe movilizar para atacar este fenómeno que muchas veces nos llena de pesadumbre y aflicción. El problema no lo pueden resolver solos el Alcalde de Pereira, el Gobernador y las autoridades judiciales y de policía.
No basta, de igual manera, con aumentar el pie de fuerza y la presencia de las autoridades para perseguir a los delincuentes. El mejoramiento en los planes y programas en materia de seguridad ciudadana, involucra y compromete también a la dirigencia gremial y política, voceros del clamor ciudadano, guardianes testimoniales de las buenas costumbres y agenciadores de valores y principios propios de una moral y de una ética de lo público en una democracia como la nuestra.
Sobre el Aeropuerto Matecaña: Llama la atención la insistencia del gobierno nacional para que Pereira anexe su aeropuerto a una concesión privada que maneje las operaciones aeroportuarias de la zona cafetera. ¿Qué habrá detrás de tanta urgencia e insistencia? Surgen, entre otras, dos hipótesis relevantes: necesitan los pasajeros que genera Pereira para darle viabilidad económica a la núbil y socorrida concesión. Creen, además, que para darle viabilidad al proyecto de Cartago es necesario quitarle a la ciudad las decisiones sobre el futuro de su aeropuerto sumiéndolo en la soledad y el abandono, todo hecho a espaldas de los pereiranos que a través de una gesta cívica lo construyeron. ¡Ojo señor Alcalde! no se deje presionar. Luche por la modernización del Aeropuerto Matecaña y defienda esta gran empresa que está en el corazón de la competitividad de Pereira.
juancgrillo@gmail.com
Las concesiones y la política del desgreño
Por Juan Carlos Grillo Posada
El uso de la concesión como instrumento de política no es ni bueno ni malo en sí mismo, es simplemente una manera de asegurar que las inversiones privada y pública se complementen con el fin de acometer obras de infraestructura necesarias para el progreso y que de otra manera seria muy difícil financiar. Esta figura ha sido amplia y exitosamente usada en muchos países con diferentes niveles de desarrollo. En un país pobre y con restricción de recursos como el nuestro, donde algunas son de ingrata recordación (De Mares, COMSA, etc.); las buenas prácticas éticas y racionales en el uso de este instrumento, se vuelven una condición fundamental para lograr el buen cumplimiento de los objetivos de cualquier política pública.
La entrega en concesión de la prestación de un servicio público como el aseo, el acueducto, la energía, la educación o cualquier otro, así como de una obra pública ya se trate de una carretera, un ferrocarril o un aeropuerto, dependen de las restricciones financieras y de la incapacidad manifiesta por parte del Estado para administrar bien los recursos y las empresas. No es ésta, por tanto, la fórmula mágica que garantiza el éxito en la gestión y la inversión públicas: es sólo un instrumento de gestión y nada más.
En Risaralda hemos sufrido de concesionitis aguda llegando al extremo de quebrar las empresas para poder “concesionar” un servicio como fue el caso tristemente recordado de la Empresa de Aseo de Pereira. Hemos visto cómo, sin mucho análisis y sin que medie política pública alguna, se han entregado en concesión colegios en Dosquebradas, el recaudo de los impuestos municipales y las zonas de parqueo en Pereira por sólo mencionar algunos ejemplos. En buena hora, la justicia en unos casos y la administración en otros, han revertido o están en proceso revisar algunos de estos entuertos.
A propósito de este tema, desde hace un tiempo viene haciendo carrera la entrega del Aeropuerto Internacional Matecaña a una concesión para que maneje la operación de varios aeropuertos de la región. Al comienzo y por iniciativa del alcalde de Pereira de la época, se intentó amustiar (agostar) nuestro aeropuerto, sumiéndolo en el abandono, y así justificar el traslado de sus operaciones aéreas al aeropuerto de Santa Ana en Cartago. Ante la oposición cerrada de las fuerzas vivas de la ciudad, se abandonó temporalmente esa idea. Ahora vuelve el tema y con mayor fuerza bajo la figura de una concesión que involucra no sólo a Cartago y a Pereira sino también al aeropuerto de Armenia.
Esta es una manera velada de lograr el viejo objetivo de cerrar las operaciones aéreas de Pereira en el Matecaña. Este aeropuerto ha contado con la oposición del gobierno central y de muchos de nuestros vecinos desde el comienzo mismo de sus operaciones hace ya casi setenta años. Siempre se ha argumentado por algunos, de manera injusta y con no poca mala intención, que es peligroso aterrizar allí, que su pista es muy corta, que produce una grave contaminación auditiva, que está en el centro de la ciudad y que su expansión es muy limitada, entre otras cosas. Pero la realidad es otra: lo que estorba es el hecho de que Pereira, como en muchas otras cosas, haya implementado un modelo de administración exitoso y único en Colombia en materia aeroportuaria.
Lo que realmente debe hacerse en estos casos, es modernizar su infraestructura aeroportuaria aumentando, por ejemplo, la longitud de la pista en 200 metros para facilitar la operacionalidad desde Pereira de las rutas internacionales sin escala. Esto no es óbice para pensar que Pereira puede hacerse socio de Cartago y en el futuro cercano desarrollar una expansión aeroportuaria y podamos tener, de manera complementaria y cuando se necesite, una segunda pista, ya sea en Santa Ana, en Santa Rita o en la zona del Tigre, todas aptas para estos fines. Por ahora lo que nos corresponde es defender la propuesta que ya está sobre la mesa del ejecutivo: la financiación con recursos del Estado del proyecto de modernización del aeropuerto Matecaña. ¡Pereira se lo merece!
La crisis sigue
Por Humberto Tobón*
La crisis de la economía mundial apenas está comenzando. Lo peor está por venir. Es cierto que la crisis hipotecaria en Estados Unidos y varios países europeos ha golpeado sin misericordia a las familias. También es cierto que los bancos no fueron capaces de resistir la toxicidad de sus activos. No menos grave es la caída de las bolsas.
El primer capítulo de esta crisis universal de la economía ha dejado a millones de familias sin techo y sin empleo. Ha provocado que muchos millonarios ya no lo sean. Ha incitado a la desconfianza ciudadana en los mercados. Ha empezado a golpear la estructura fiscal de los Estados. Pero hace falta un segundo capítulo, que ya se está escribiendo, para desventura de millones de personas.
Este nuevo capítulo estará basado en la caída del consumo de las familias y en la cesación del pago de las obligaciones al sistema financiero por tarjetas de crédito. Estamos aproximándonos a una verdadera catástrofe.
Las familias, bien por una baja de sus ingresos o por previsión, ya no están comprando lo que tradicionalmente adquirían y esta es la causa para que los centros comerciales, las grandes superficies de alimentos, los restaurantes, los distribuidores de gasolina, los hoteles y las aerolíneas estén facturando menos y, por lo tanto, los fiscos locales y nacionales, para el caso colombiano, estén recibiendo menores ingresos por impuestos como IVA, retención en la fuente, industria y comercio y predial, lo que pondrá en cuidados intensivos el gasto público.
Cuando las personas disminuyen su nivel de consumo, entonces se produce un fenómeno económico recesivo, que se origina porque la industria baja la producción, dado que el comercio vende menos, y entonces ambos sectores no tienen más remedio que disminuir costos, y uno de los más importantes es el laboral. Con más gente desempleada, la posibilidad de reactivar la economía por la vía de la demanda se hace casi que imposible y entonces empieza a ocurrir un hecho gravísimo: la deflación; o sea, una disminución generalizada de los precios, presionada por productores y comerciantes que requieren cubrir parte de sus costos de producción y ubicarse en un punto donde sus pérdidas sean menores, con los peligros que esto representa, especialmente por la propensión de los consumidores a no comprar a la espera de que los precios sigan bajando.
Estas familias con menores o inexistentes ingresos tomarán la decisión de no pagar sus obligaciones financieras, especialmente las de las tarjetas de crédito, que les han servido en los últimos meses para intentar mantener el ritmo de consumo tradicional. Y eso conllevará, ya se está viendo en algunos países, a que se cierre o restrinjan todo tipo de préstamos, se pidan más garantías y a que las economías nacionales tarden más tiempo del necesario en salir de la crisis, porque no sólo basta con poner a funcionar el sistema productivo, sino que se debe crear la confianza necesaria entre los actores de la economía.
Para el caso colombiano, se asegura que el sistema financiero está blindado y en capacidad de soportar cualquier tipo de turbulencia. Eso es lo que nos dicen todos los días las autoridades y gran parte de los expertos. Ojalá así sea. ¿Pero se puede confiar en las afirmaciones oficiales, después de lo que ha ocurrido en la economía nacional en los últimos seis meses?
* Economista y comunicador social
Pereira es una ciudad pujante, pero con muchas amenazas
Por Humberto Tobón y Tobón
Pereira es una ciudad que está creciendo urbanísticamente, que tiene un desarrollo comercial envidiable, que ha mejorado su calificación de oferta académica, que posee una institucionalidad respetable y que es percibida como el núcleo de una región estratégica para el país.
Desde hace muchos años Pereira es vista en el panorama nacional como líder en la zona cafetera en casi todos los indicadores socioeconómicos y, por lo tanto, mucho más importante que sus similares de Caldas y Quindío.
Gran parte de la actividad productiva y financiera de Risaralda se concentra en Pereira, al igual que las realizaciones administrativas, académicas y políticas. Una visión global del Departamento, exceptuando a la ciudad capital, muestra un territorio bastante subdesarrollado, con indicadores sociales muy pobres, con un altísimo nivel de dependencia fiscal y con demasiadas ineficiencias e incapacidades. Pereira hace la diferencia y equilibra las cargas.
Pero dentro de ese poderío indiscutible del que hace gala Pereira, se mueve una realidad inocultable que socava los cimientos de la sociedad y podría, eventualmente, poner en riesgo su liderazgo regional. Lo primero que se percibe es el aumento de los cinturones de miseria, que se hacen visibles en invasiones o en proyectos de vivienda que no llenan los mínimos de dignidad humana, al carecer de servicios públicos básicos; no tener conectividad rápida con los servicios de transporte masivo; y, no acceder con facilidad a los centros de salud, educación y recreación. La mayoría de esas viviendas fueron construidas con materiales que ayudan a reproducir el doloroso círculo de la miseria.
La magnificencia urbanística y el derroche económico en ciertos sectores de la ciudad, develan una relación desproporcionada entre los ingresos y las oportunidades de los más ricos y los más pobres, lo que sin duda deja al desnudo una sociedad inequitativa, que intenta ocultar, sin mucho éxito, sus más desagradables realidades.
Los visitantes que vienen a la ciudad atraídos por las grandes superficies comerciales, se enfrentan a los problemas de movilidad en Pereira, originados muchos de ellos en una planeación inexperta y en decisiones políticas amañadas y tremendamente equivocadas. Uno de esos hitos de irresponsabilidad fue el trazado del Megabus, que ahogó de un solo tajo la posibilidad de una circulación fluida dentro de la ciudad, al adueñarse de una malla vial insuficiente y no permitir que sectores deprimidos pudieran ser beneficiados con la renovación urbana.
La llegada de más universidades, la modernización de las existentes y la excelente oferta de formación superior, contrasta con los indicadores de desempleo abierto, crecimiento del subempleo, alta demanda laboral de mano de obra no calificada y ascendente desocupación profesional. Esto explica en gran medida la fuga de profesionales hacia otras regiones del país y del exterior, lo cual afecta la calificación de competitividad local en el escenario nacional, restringiendo las posibilidades futuras de crecimiento.
Cuando se habla de Pereira en distintos escenarios, es claro que la conclusión más recurrente es que tiene potencialidades para convertirse en un centro de servicios de alto nivel. Pero para lograrlo es fundamental superar los índices de inseguridad, originados, de acuerdo con las noticias que diariamente se difunden, a la acción de las bandas delincuenciales, cuyos integrantes dicen no tener ninguna oportunidad de ascenso social.
Pereira, enmarcada en uno de los más bellos parajes de la geografía nacional, tiene que fortalecer su política de inversión ambiental, que garantice, por lo menos, el agua que surte el acueducto. Además, debe promover un mejoramiento de la calidad en la prestación integral de los servicios públicos.
Uno esperaría que una acción conjunta entre el gobierno municipal, los empresarios, las comunidades organizadas y las universidades, desencadenara en un modelo de desarrollo de la ciudad para los próximos treinta años, que impidiera más improvisaciones, y que atacara aquellos problemas que se están volviendo estructurales, y que podrían convertirse en un gran obstáculo futuro para la convivencia de la sociedad, para mejorar la equidad social, para brindar nuevas oportunidades a los ciudadanos, para abrir espacios de deliberación y para lograr que el crecimiento de la economía redunde en una mayor calidad de vida y de desarrollo humano.